084 – Un espiral de decisiones

Historia Verde

 

Te saluda Natalita, y por ahí anda mi duende Augusto, que no se si lo oyes todo emocionado. Él es el más fiel compañero que existe, ¿y sabes qué? ¡A ti también te acompaña uno, aunque todavía no lo conozcas! Soy una niña eterna que ayuda a otros a recordar La Gran Ciencia del Balance, contando historias de nuestras aventuras por La Princesa. Junto con Augusto, y muchos otros guías, imparto sesiones de sanación cuántica a todos esos niños eternos que están dispuestos a sanar, reprogramando sus creencias, pero de todo eso te cuento en las notas del programa. Mientras tanto, te dejo con una de las versiones de mi misma, que cuentan historias de colores, según quien decida contar la historia del día.

Bitácora de aventuras, edición Un espiral de decisiones:

Historia Verde

       El otro día decidimos salir del encierro y nos fuimos a un parque que queda cerca. Una de las maravillas del Covid ha sido la soledad posible en espacios públicos gracias al virus. Debo confesar que ese detalle me ha hecho pasarla mejor de lo que podría haber pensado en este peculiar año. 

       Como no tenía mucho tiempo, fui directo a mi espacio favorito de ese parque: un gazebo en el tope de una montañita. Para subir a ese gazebo hay dos maneras, unas escaleras que cortan por el centro, y una rampa en espiral hasta el tope. Augusto y la pequeña Natalita de un brinco fueron a la rampa para subir por el espiral, y me les fui detrás, porque ellos son expertos en pasarla bien. 

       Dando vueltas en el espiral, Augusto y la pequeña Natalita se paraban a hablar y a saludar a cada florecita, y eran tantas, y yo tenía tan poco tiempo que me molesté un poco y les dije: "mano, dejen de distraerse tanto, que tengo poco tiempo antes de regresar al trabajo". Obviamente, me miraron con cara de “perdón, yo hago lo que me da la gana y me tardo lo que me da la gana”, y siguieron oliendo y saludando a cada florecita. Seguí caminando, y cuando casi estaba llegando al gazebo para sentarme por fin (mi gran parada, mi momento de breve descanso en medio de un día más comprometido de lo que acostumbro y me gusta tenerlos), me tropecé con una florecita que crecía justo frente al escalón para subir a la plataforma que estaba al final de la rampa del espiral. Sentí que me miró, y que casi trato de pararse en el medio para no dejarme subir sin detenerme un momento a mirarla.

       Me senté en el piso a mirarla, a olerla, y a hablar con ella. Me contó que nadie la miraba casi nunca, por estar tan cerca de la meta final. Era como si todo el que subía se cegaba tanto por llegar a la meta que se olvidaban de ella. Que de hecho, era la más linda de todas, la más grande, la que más tiempo llevaba ahí, la más llamativa. Escucharla decir eso me hizo reírme de mi misma, y de muchos antes de mi. Era tan cierto. Era absurdo que no la hubiera visto. Estuve un ratito con ella, y también me pidió que le tomara una foto. Primero me molestó, me resultó tan vanidosa, tan superficial con su pedido. Primero le dije mi opinión sobre su vanidad, y ella me dijo, una vez más, que estaba equivocada. Me pareció tan arrogante, que me levanté molesta y le dije: "pues mira a ver quien te toma tu foto, si me tratas así, ¿cómo esperas que te haga un favor?" No me contestó, solo me dio la espalda y se quedó en silencio. 

       En eso se acercaron Augusto y la pequeña Natalita a consolar a la florecita, y yo los mire como si fueran los dos más grandes traidores, al final, era ella quien había sido arrogante y vanidosa. Augusto me dijo: "Natalita, ¿te cuesta algo tomarle la foto?" Y le dije: "pues, no, la verdad no, pero no quiero alimentar su vanidad". Y me contestó: "Solo es vanidad en tu cabeza, ella realmente lo que quería era dejarte un recuerdo de esta conversación, a ella no le sirve de nada la foto, nunca la va a ver, la foto se queda contigo. En cambio tú, cada vez que mires la foto, recordarás esa vez en la que casi te pierdes de la florecita más bonita, en tu afán por llegar a la meta que te habías establecido". 

       Sentí que dentro de mi se ajustaron un par de órganos después de esa galleta emocional. Tenía razón, solo la juzgaba basándome en una opinión que había formado de ella al verla. 

Que mucho hacemos eso... que mucho tiempo perdemos en eso... 

       De inmediato saqué mi celular y le tomé un par de fotos, de todos los ángulos posibles, y ella hizo más poses de las que pensaba que una flor podía hacer. Terminada la sesión de fotos, continué mi camino hacia mi meta original.

       Llegué al tope, y me senté en el banquito que tanto me gusta. Desde allí se ve el parque completo, y el espiral que tiene alrededor se vuelve casi una muralla. Te hace sentir que estás en un castillo solitario. O al menos a mi, que siempre ando metida en mis mundos fantásticos. Me quedé pensando en la flor, y en capturar lo lindo. Tomé un par de fotos del parque desde allá, y muy diferente a todas mis costumbres, me tomé un par de fotos a mi misma en mi gran castillo también. Creo que desde ese día tengo más fotos de mi misma que las que he tenido en los últimos 10 anos. Cada vez que las vea, me transportaré a ese momento, en ese castillo de soledad, tanto que me gustan los castillos de soledad, que hermoso regalo, poder ver una foto y transportarte. 

       Me quedé un rato sentada, simplemente mirando el parque y el reguero de mariposas que había. Trataba de pensar en otra cosa, pero mi mente siempre se iba al reloj, ya casi es hora de regresar, no tienes mucho tiempo. Las mariposas se iban a un gazebo cercano, y volvían a donde yo estaba. Y volvían allá, y volvían a mi, era como si trataran de que las siguiera. Me reí y les dije que ya casi era hora de irse, que quizás otro día. Obviamente, en lo que decía eso, Augusto y la pequeña Natalita se montaron cada uno sobre una mariposa y se fueron volando con ellas hasta el próximo gazebo. Decidí dejar de pelear y pensar en el reloj, al final, tenía que ir a buscarlos allá como quiera, más me valía pasarla bien en el proceso. 

       Me paré en el primer escalón, si bajaba por las escaleras estaría allí en el mismo tiempo que me hubiera tomado nunca tener que llegar hasta allá. Mi mente calculadora. Lo calculo todo. Los minutos, los segundos, las horas, es una mala costumbre que a veces considero buena por la utilidad que tiene a la hora de trabajar. La realidad no me sirve para más nada, la vida no está para vivirla calculando el tiempo que tienes para vivirla. Se le va la vida a uno en eso. Justo antes de poner el pie en el piso, lo levanté, y me giré hacia el espiral, para bajar tal cual había llegado. Cada vez que mi mente se iba al reloj, me volteaba a ver una florecita mientras caminaba, para sacarla del reloj. En el camino me di cuenta de todas las flores que no había podido ver mientras subía, todas me saludaron y me tiraron besitos, lo más contentas y mirándome con cara de: ¡por fin!  

       Cuando llegué al final del espiral, miré arriba, a mi castillo, y pensé en todo lo que acababa de cambiar dentro de mí. En ningún momento del día planifiqué que algo cambiara en mí, quizás esos son los mejores cambios, los que llegan porque sí, así, sin pedirte permiso. Desde ese día casi ni miro ni pienso en el reloj. He fallado por primera vez a muchos compromisos, por quedarme un ratito más a jugar con los nenes unas veces, y otras sencillamente porque sí.  Toma tiempo apreciar lo lindo, ese día no fuimos tan lejos, pero para mi pareció una aventura épica. Hubo que añadir tiempo para viajar en espiral hasta el centro, y luego viajar en espiral para salir. Creo que es así con todo, hay que ir adentro para poder salir, no se puede salir sin antes ir adentro. Quizás ese es el gran secreto que trataban de darme las mariposas y las flores.

17 de noviembre de 2020

       Una de las lecciones más grandes que me ha regalado la madrastridad, ha sido bajarle dos a las exigencias, y agradecer lo que ya tengo. A veces se nos va la vida persiguiendo la próxima meta, y no aprovechamos los beneficios de las que ya alcanzamos. Salir corriendo a la próxima meta una vez se alcanza la anterior no necesariamente es la mejor opción, termina uno corriendo siempre, hasta de lo que le hace feliz. Augusto me regaló estas 3 palabras el otro día, mientras mi hijastra bloqueaba la entrada del cuarto para cobrarme "peaje de besitos" antes de dejarme regresar a trabajar: aprecia, detente, observa. Desde ese día, uso la cantidad de peajes que me cobra como métrica para saber cuándo es hora de dejar de trabajar.

       Siento que en estas últimas semanas todo ha cambiado, y esos cambios me emocionan muchísimo. Cuando empecé este proyecto, solo pensaba compartir un par de historias de mis aventuras con Augusto, pero en el camino me di cuenta de que mi relación con Augusto y sus amigos iba mucho más allá de nuestras aventuras. Decidí estudiar sanación cuántica, para ayudar a otros en su proceso de sanación, de la mano de todos ellos, y debo confesar, que se ha convertido en mi nueva pasión, tanto así, que se ha convertido en mi nuevo trabajo. Sí, me estoy tirando de casco, y dejando el miedo en la gaveta, como tanto me ha dicho Augusto que haga.

Aprovecho para contarte la gran noticia que tan emocionada me tiene, y es que este podcast tiene su primer auspiciador: Sanando con tu Duende. Sanando con tu Duende es un proyecto que surge en medio de la pandemia, como respuesta a mi historia de sanación, bendición que actualmente comparto con otros en las sesiones de sanación que imparto. En las notas del programa te dejo los enlaces, si te interesa agendar una sesión con nosotros. Además de las sesiones, te invito a escuchar mi nuevo podcast: Sanando con tu duende, un podcast bisemanal en el que compartiré contigo todo lo aprendido con Augusto a través de nuestras sesiones, que estrena el próximo martes, 12 de enero de 2021. Y si te quieres aventurar más todavía, te espero cada miércoles al mediodía, comenzando este miércoles, 13 de enero, a través de nuestro canal de YouTube, en una sesión en vivo en la que podrás hacerle tus preguntas a Augusto. 

Dentro de dos semanas te cuento otra historia, mientras tanto, puedes conectar conmigo la próxima semana en Sanando con tu Duende, un espacio para la sanación cuántica. Un podcast en el que te cuento lo que me enseña mi duende Augusto a través de nuestras sesiones de sanación. Si me quieres ver antes, te espero el miércoles a las 12 PM hora de Puerto Rico, a través de nuestro canal de YouTube y en Instagram, en una sesión en vivo en la que podrás hacerle tus preguntas a Augusto, y de paso ir aprendiendo a conectar con tu duende. Sí tienes un duende. Te recuerdo que junto con Augusto, y muchos otros guías, imparto sesiones de sanación cuántica a todos esos niños eternos que están dispuestos a sanar, reprogramando sus creencias. En las notas del programa te dejo todos los enlaces, para que puedas reservar tu sesión, y visitarnos en nuestros otros espacios. 

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Nos veremos otro dia que no sea hoy. ¡A dormir!