062 – La Sencillez

Historia Amarilla

Cuando me mudé a Viejo San Juan hace 11 años metí “todas” mis cosas en la guagua de mi amiga Gisela para dar un solo viaje, y me tardé años en buscar el “resto” de las cosas a casa de mami (y muchas de ellas allí continúan, o han sido donadas). En el momento no lo hice pensando en ningún cambio de vida, solo que ese era el pon que tenía, no se podían dar dos viajes y había que traer lo más esencial, además de que mi nueva casita medía 14 pies por 14 pies (baño incluido dentro de estas dimensiones). Que cosa, solo con dos limitaciones se logró resumir lo más importante para empezar mi nueva vida: la ropa, los zapatos, los libros, la computadora. Todo lo demás vendría poco a poco, si era que venía (que hoy ya sé que nunca vino). 

Paramos a comprar efectos para la casa, no tenía ni idea de qué necesitaría, en casa de mami había un producto de limpieza diferente para cada espacio de la casa (hoy en día utilizo un solo jabón que diluido en diferentes proporciones funciona para mapear, fregar, bañarse y lavar ropa, y lo mejor de todo, es biodegradable). Paramos en Capri, y decidí traer lo que, a mi entender, sería necesario: un mapo con su cubo, una escoba con su recogedor, un pote de lestoil (que todavía tengo), un pote de cloro, un pote de líquido de mapear con olor a bambú y un set pequeño de cubiertos. El día anterior había conseguido una estufita de 2 hornillas, una batidora, una arrocera pequeña, y un “set” de 12 platos, 4 tazas y 6 envases para guardar comida. Nueve años después, todavía los tengo y son lo que uso, con excepción de la estufa,  que en el transcurso fue sustituida por una de una hornilla. 

Después de 2 años de increíble sencillez en aquella casita (primero por falta de espacio, y poco a poco por decisión propia), al heredar la casita actual (historia para otra bitácora), heredé cientos de objetos y, como la casa no se sentía mía, por un periodo de 3 años los conservé todos, sin mirarlos casi, sin moverlos; estaba paralizada y me sentía responsable de todo, entre la herencia había hasta un televisor más grande que yo (que encendí un total aproximado de 6 veces en 3 años). De manera abrupta por los eventos ocurridos ese verano (las pesadillas convertidas en realidad de las que te contaba el otro día), en apenas unas semanas empaqué practicamente todo, lo regalé, y retomé mi vida de pocos objetos, conservando solo aquellos a los que le veía un uso diario e inmediato. Poco a poco fui haciendo cada día más mi casita más sencilla otra vez y, por consecuencia casi inmediata, mi vida. Retomé mis políticas para la casita: no hay televisor porque distrae y atrasa demasiado (con la llegada de Miguelo llegó uno, pero quién le puede decir que no a verlo jugando playstation como un niño feliz), no hay microondas porque quita el placer de cocinar de nuevo al recalentar un alimento, no hay cafetera porque tengo hace uños anos una media de café con la que hago teses con hierbas, jugos y leches vegetales, no hay decoraciones y es a propósito (mi intento más reciente fue colocar las pantallas, que es lo único que colecciono, en unos marcos que hice con los restos de un closet que se rompió), hay una cortina que sustituye la puerta del baño, en la ducha no hay cortina, y uso las sillas de la mesa de comedor como escalera porque no alcanzo nada.

El otro día quise retomar mis intentos de yoga (o al menos de estirar mi cuerpo siguiendo la dirección de videos que realmente no me atrevería a llamar hacer yoga, porque es algo más personal con mi cuerpo que un intento de dominar ese arte sin conocerlo como debería para poder llamarlo yoga), y justo antes de empezar recordé que ya no tenía un matre de ejercicios. Sentí la necesidad de, antes de empezar mis intentos de yoga, ir a comprar un “yoga mat”. Y ahí mismo me regañé a mi misma; que manía de posponer, de poseer, de copiar. Para hacer yoga no se necesita un matre, se necesita un cuerpo, así que empecé en la misma cama, donde estaba, por eso de demostrarme que no hacía ni falta abandonar el lugar en el que estaba para empezar algo. Ahora me tiro al piso y ya, tomé la decisión de estirar mi cuerpo en vez de comprar un lugar ideal para estirarlo, que luego acabe por ocupar espacio en esta y la futura casita, con cuyo diseño he estado obsesionada los últimos 5 años, desde que conseguí la finquita.

En el proceso he dibujado al menos 15 opciones diferentes, todas con los dos requisitos principales que me propuse: la quiero diminuta, la quiero construir de bambú. Mientras más diminuta, menos cosas podrá albergar, y más sencillo seguirá siendo todo. A veces coleccionamos objetos solo para no ver los espacios vacíos, aunque los que tengamos no nos hagan ni falta; es como si le huyéramos a estar solos o sin entretenimiento. 

De lo más divertido que me ha resultado de pensar espacios diminutos, ha sido que las limitaciones de espacio han hecho que mi creatividad aflore a la hora de diseñar y maximizar los objetos y espacios interiores; hasta una mini cava de fermentos ha logrado entrar dentro de los 9 pies por 27 pies que, hasta ahora, serán las dimensiones de la pequeña casita, ya te contaré.

2 de febrero de 2018

Hace un par de años, en el 2009 para ser más exacta, estaba en el restaurante atendiendo a un señor estadounidense, como de unos 60 años. Cada vez que le llevaba algo a la mesa, o que pasaba a verificar cómo seguía todo, paraba todo lo que estaba haciendo para sonreírme bien feliz y pedirme mi opinión sobre algo del menú o temas random de la vida cotidiana. En cierto punto estaba haciendo algo cerca de el y estaba sonriéndome tanto que pensé que necesitaba algo y fui a donde él. Me dijo que estaba todo bien y me pidió sugerencias para una última cosa que ahora mismo no recuerdo qué fue pero que tenía que ver con ser mesera, solo recuerdo que le contesté en mi tono “annoying” de cuando algo me emociona y me pone feliz. Él me sonrió y por primera vez me dijo algo en lugar de hacer una pregunta: “you’re so”, hizo una pausa que pareció eterna buscando las palabras antes de terminar diciendo: “simple”, y me sonrió. Yo le sonreí y le dije: “yes I know”, y él se sintió mal y me dijo: “I’m sorry, don’t take it the wrong way, I mean, like, simple, like”, y lo interrumpí y le dije: “I understand don’t worry, I’m simple on purpose”. Soltamos una carcajada a la vez, y jamas nos volvimos a ver. 

Y tú, ¿has reído con alguien que jamás volviste a ver?  ¿Me cuentas? 

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